jueves, 16 de septiembre de 2021

 

LEYENDA DE POMACOCHAS

  Tradición oral de Cajamarca narrada por Félix Valle

 

En el distrito de Pomacochas, su capital Florida, en la provincia de Bongará, departamento de Amazonas, hay una enorme laguna. Dicen que será aproximada a unos 12 kilómetros; su forma es redonda, con totorales a su alrededor. Navegan muchas canoas y balsas; el pueblo de ahora está casi a la orilla.

 En siglos pasados dicen que era una tribu muy rica, que sus edificios y fortalezas eran todo adornado con oro y plata, también diamantes y piedras preciosas. Sus habitantes eran naturales y todos una sola familia, solamente Valles eran sus apellidos. Tenían un gobernante que ordenaba en ese pueblo.

 Pero en ese tiempo dicen que no había camino como ahora, que tenían solo entrada y salida por dentro de los cerros, que iban al Cusco y a Kuélap, que visitaban al Inca.

 Dicen que a ese pueblo no iba ninguna persona particular, al menos pobres no penetraban sin permiso del capazote. Y dicen que tenía el pueblo su luz propia de piedras muy brillantes que alumbraban a todo el pueblito; sus piletas y grifos de agua eran todo de oro: querían imitarlo a sus casas del Cuismanco antes de los incas.

Su costumbre era sin compasión y sin caridad, porque era una sola familia, un solo gremio. Se alimentaban casi solo de la caza y algunos frutos del campo.

 En aquel tiempo, antes que se hiciera la hermosa laguna —dicen que conversaba una viejita llamada Tomasa Valle, que también era de ese pueblito, de la misma familia —, un día, como a las tres o cuatro de la tarde, pasó un viejito con su perrito por una calle, se dirigió al centro del pueblo, pidiendo, al que hallaba en sus casas, comida para su perrito. Y le negaban. Le decían:

—¡No hay para ti y qué será para tu perro más feo que vos! Entonces ya se acercaba al centro, donde era más bonito el pueblo y le prohibieron los que vigilaban, porque para ahí no ingresaba ninguna persona particular, y qué sería un viejo inútil con perro. Entonces se regresó por la misma calle, y la señora que cuenta ya lo había visto pasar, pero no había hablado con ella. Entonces ya era más tarde, medio se hizo oscuro. Y llega a la señora y dice:

—¿Algo tiene de comidita que me venda para mí y mi perrito? La señora no tenía nada, solo una gallina. Y le dice:

 —Ahora no tengo nada, pero tengo esta gallinita. Lo pelaré al momento, espere un ratito… 

El viejito le dijo:

—Ya va a llover en este momento. La vieja tenía bien arriba su choza, sus animales medio lejos. El viejito le dijo:

—Agarra la gallina y ándate a matarlo arriba en tu choza, porque ahorita llueve y se tapa este pueblo maldito. Te vas sin mirar atrás, llegas a tu choza, pelas la gallina y las plumas no lo botes; la carne la metes en tu olla y me verás en la mañana por allí. No lo prepares para ahora. Pero rápido ándate arriba, ya se va a derramar la lluvia. En la mañana, antes de mirar la gallina que has pelado, ni mirar la casa de tu pueblo, mudas tus animales y haces tu caldo de otra cosa, no de la gallina. Tomando tu caldo sales de tu choza, miras tu pueblo cómo ha amanecido y te vuelves adentro a tu choza, miras las plumas y tu olla con la gallina. Verás la recompensa de los que no saben hacer caridad. Yo en ese momento llegaré para darte tu recompensa. 

Así se acostó la señora pensando en lo que le había dicho el viejito. Y siempre oraba al Intiraymi y a Mamaquilla, que era el sol y la luna.

 Antes que amaneciera ya estaba despierta. Rezó y se levantó. No miraba a su casa del pueblo. Se fue a sus animales, igual como le había dicho el viejito. Avanzó en todo para poder mirar su pueblo. Tomó su caldito y salió de su choza para mirar su casa. Y lo vio: era una sola laguna que hasta ahora permanece. Lloró la vieja de pena y se fue a mirar la olla donde estaba la gallina pelada. Halló una bola de oro con todo olla. Miró a las plumas y era un montón todito de plata. La vieja no sabía qué hacerse, porque ella vivía sola, no tenía ni hijos ni criados.

En eso que se estaba acabando la vida apareció el viejito, pero ya sin su perro. Le dijo que no tuviera pena por su pueblo, que eso pasó porque la gente no tenía caridad. Le dijo:

 —Ahora vos vivirás acá. Desde tu choza toda esta parte alta es para ti. Yo te lo doy porque yo soy el dueño, y vos por demostrar tu caridad te has salvado. Le entregó todo el fundo de Corobamba. ¡Qué no lo podía andar para conocerlo su terreno! Entonces el viejito se fue. Ya no quería comer nada. La vieja se quedó en su hacienda. Dicen que vivió muchos años y tuvo dos hijos. A uno le dio la parte alta y al otro la parte baja. Pero la laguna siguió permaneciendo.

 En esa laguna dicen que hay una sirena que cuando ya quiere tentar, canta en el canto de la laguna, pero muy bonito. Pero no lo entienden lo que dice en las canciones. Dicen que una vez se hundió una canoa con cazadores de peces; eran de familia rica. De eso no hace más de veinte años. Y solicitaron buenos nadadores para buscarlos. Vinieron de Holanda y de Alemania, pero no hallaron los cadáveres, solo hallaban rocas de oro. Que la laguna es muy profunda, que tiene brazos por dentro de la tierra.

Responde las siguientes preguntas:

1.                   1. Has escuchado algo similar a este presagio que dio el anciano del perro?

2.                   2.  Si tú fueras el anciano, qué habrías hecho, sin desaparecer el pueblo?

3.   ¿Quién crees que era el viejito? ¿ Por qué lo crees así?

4.  ¿ A qué conclusión has llegado luego de leer el relato?

 5. ¿Qué opinas del castigo que recibió el pueblo? Fundamenta


martes, 31 de agosto de 2021

AGUA - ARGUEDAS

                         

                              COMENTAMOS Y REFLEXIONAMOS SOBRE LA OBRA  AGUA

                                      


Biografía del Autor:
(Resumen)


José María Arguedas Altamirano nació en Andahuaylas (Apurímac) el 18 de enero de 1911. Sus padres fueron Manuel Arguedas Arellano (abogado) y Victoria Altamirano Navarro. A los dos años de edad quedó huérfano de madre. Poco después, su padre se casó con una terrateniente de Lucanas (Ayacucho), que lo maltrató constantemente. José María que se refugió en el cariño de los indios peones de la hacienda.

Resultado de imagen para jose maria arguedasEn 1931, ingresó a la Facultad de Letras de la Universidad San Marcos de Lima. Poco después comenzó su carrera de escritor indigenista publicando el cuento Warma kuyay (1933) y su libro de cuentos Agua (1935). En 1941, publicó Yawar Fiesta, su primera novela. Más tarde, publicó sus laureadas obras: Diamantes y pedernales (1954) Los ríos profundos (1958), El Sexto (1961) y Todas las sangres (1964). En 1963, logró el título de doctor en Etnología y Arqueología. Por esos años se desempeñó como funcionario público en el Ministerio de Educación, la Casa de Cultura, el Museo de Historia. Asimismo, fue profesor del Instituto Pedagógico Nacional de Varones y las universidades San Marcos y la Molina.



Fue en la Universidad Agraria La Molina (Lima), donde se dio un disparo en la cabeza, víctima de una depresión profunda. Esto ocurrió 28 de noviembre de 1969. Después de una penosa agonía falleció el 2 de diciembre de 1969.
Argumento de la obra 
Este  primer relato está ambientado en San Juan de Lucanas y trata sobre un reparto de agua para las comunidades por disposición de don Braulio Félix, el principal o hacendado más poderoso. La ausencia de lluvias hace necesaria una repartición justa de las aguas canalizadas, pero don Braulio suele otorgarla a sus amigos y allegados, propietarios blancos o mestizos como él, mientras que las tierras de los comuneros indios se secan.

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 La repartición, como cada semana, se realizará en la plaza del pueblo donde se convoca a los pobladores. Llegan el niño Ernesto y el cornetero Pantaleón (Pantaleoncha o Pantacha); luego se asoman otros muchachos o maktillos; todos ellos son escoleros o escolares. Oyendo la música interpretada por Pantaleoncha todos se divierten. Los primeros comuneros en llegar a la plaza son los tinkis, que se precian de ser los más valientes y osados; luego aparecen los de San Juan o sanjuanes, los más miedosos.
 Pantaleoncha, quien había vivido un tiempo en la costa, trata de infundir ánimos en los comuneros para que se enfrenten a los abusos de don Braulio. Mientras tanto llega a la plaza don Pascual, el repartidor de agua o semanero, quien ya está decidido a contrariar la voluntad de don Braulio dando el agua de la semana a los comuneros pobres que más la necesitan. Llega finalmente don Braulio, borracho, quien da la orden para iniciar la repartición, pero al oír que el semanero solo otorgaba agua a los comuneros, se enfurece, saca su revólver y balea a todos. Los comuneros huyen, y entonces Pantaleoncha empieza a gritar para animarlos a la resistencia, pero una bala disparada por don Braulio lo alcanza en la cabeza y cae herido de gravedad.
 Ante tal situación, nadie ya se atreve a enfrentar al enloquecido patrón. Solo el niño Ernesto se llena de coraje y lo enfrenta, llamándolo ladrón y arrojándole la corneta de Pantaleoncha, que acierta en la cabeza de don Braulio, haciéndolo sangrar. Mientras que sus ayudantes le rodean para atenderlo, Braulio brama ordenando que disparen al niño. Pero éste logra huir y se va a la comunidad de Utek’pampa, cuyos comuneros, a diferencia de los tinkis y sanjuanes, eran indios libres que se hacían respetar.


ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA

Luego de haber leído el cuento  completo y el resumen contesta las preguntas.

1. ¿Cuál es el problema social que aborda el cuento? Explica
2. ¿Qué simboliza don Braulio dentro del cuento?
3. ¿Qué significa el agua para don Braulio y qué significa para los comuneros?
4. ¿Cuál es el papel que cumple Pantaleoncha? ¿Qué hace a los comuneros?
5. Cuál es el mensaje que podemos extraer de este cuento.
6. ¿Por qué el agua es un recurso fundamental?

jueves, 26 de agosto de 2021

 EL SUEÑO DEL PONGO

(José María Arguedas)

|Haravicus| Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente, en la gran residencia. Era pequeño de cuerpo, miserable de ánimo, débil, todo lamentable; sus ropas viejas.

El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la residencia.

-Eres gente u otra cosa -le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio.

Humillándose, el pongo no contestó.

Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.

-¡A ver! -dijo el patrón- por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parecen que no son nada.

-¡Llévate esta inmundicia! -ordenó al mandón de la hacienda.

Arrodillándose, el pongo besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina.

El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embar¬go como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer, lo hacía bien. Pero había un poco como de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. "Huérfano de huérfanos; hijo del viento, de la luna, debe ser el frío de sus ojos, el corazón, pura tristeza", había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.

El hombrecito no hablaba con nadie, trabajaba, callado comía. "Sí, papacito; sí, mamacita", era cuanto solía decir.

Quizá a causa de tener una cierta expresión de espanto y por su ropa tan haraposa y acaso, también, porque no quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer cuando los siervos se reunían para rezar el Ave María, en el corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo, delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo.

Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara.

-Creo que eres perro. ¡Ladra! -le decía.

El hombrecito no podía ladrar.

-Ponte en cuatro patas -le ordenaba entonces.

El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies.

-Trota de costado, como perro -seguía ordenándole el hacendado.

El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna. El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía todo el cuerpo.

-¡Regresa! -le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor.

El pongo volvía, corriendo de costadito. Llegaba fatigado. Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el Ave María, despacio, como viento interior en el corazón.

-¡Alza las orejas ahora, vizcacha!

-¡Vizcacha eres! -mandaba el señor al cansado hombrecito.

-Siéntate en dos patas; empalma las manos.

Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas.

Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor.

-Recemos el Padrenuestro -decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila.

El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie.

En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se diri¬gían al caserío de la hacienda.

-¡Vete, pancita! -solía ordenar, después, el patrón al pongo.

Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos.

Pero... una tarde a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ese, ese hombrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía un poco espantado.

-Gran señor, dame tu licencia, padrecito mío, quiero hablarte- dijo.

El patrón no oyó lo que oía.

-¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro?- preguntó.

-Es a ti a quién quiero hablarte -repitió el pongo.

-Habla... si puedes -contestó el hacendado.

-Padre mío, señor mío, corazón mío -empezó a hablar el hombrecito-, soñé anoche que habíamos muerto los dos, juntos; juntos habíamos muerto.

-¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio -le dijo el gran patrón.

-Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos los dos juntos, desnudos ante nuestro gran padre San Francisco.

-¿Y después? ¡Habla! -ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad.

Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro Gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pesando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío.

-¿Y tú?

-No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo.

-Bueno sigue contando.

-Entonces, después nuestro padre dijo con su boca: "De todos los ángeles el más hermoso que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro pequeño que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de la miel de la chancaca más transparente.

-¿Y entonces? -pregunto el patrón. Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta pero temerosos.

-Dueño mío, apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel brillante, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave, como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro.

-¿Y entonces? -repitió, el patrón.

-"Ángel mayor: cubre a este caballero can la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre", diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así, el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente.

-Así tenía que ser- dijo el patrón, y luego preguntó:

-¿Ya ti?
-Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro Gran Padre San Francisco volvió a ordenar.

- "Que de todos los ángeles del cielo venga el que menos vale, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano"

-¿Y entonces?

-Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro Gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande.

- "Oye viejo -ordenó nuestro gran Padre a ese pobre ángel- embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!".

-Entonces con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata me cubrió desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado, Y aparecía avergonzado, en la luz del cielo, apestando.

-Así mismo tenía que ser -afirmó el patrón- ¡Continúa! ¿O todo concluye allí?...

-No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro Gran Padre San Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mi, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria, y luego dijo: "Todo cuando los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo". El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.

  LEYENDA DE POMACOCHAS   Tradición oral de Cajamarca narrada por Félix Valle   En el distrito de Pomacochas, su capital Florida, en la ...